Este
tiempo se nos presenta más complicado de lo que esperábamos. El mundo que conocimos ya
no es y, contrario a lo que soñamos promete ser peor. Es como si nos hubieran estafado,
como si nos hubieran robado todos los sueños. Solemos decir, peyorativamente, que los
sueños son sueños, pero no tenemos otra manera de entrever y prefigurar el futuro.
¿Qué tiene que ver esto con el Colegio? Este momento es la condición de nuestra
situación vital, más particularmente, de nuestra paternidad. Y como padres, haciendo una
reducción demasiado simplificadora, nos quejamos de que los profesores no exigen y que
las autoridades no disciplinan. Ellos, por su lado, se quejan de que no cuidamos a
nuestros hijos o, más crudamente, que los abandonamos. En estas recíprocas imputaciones
de responsabilidad estamos atrapados. Ya es tiempo de dejar la paja en el ojo ajeno y
mirarse cada uno al espejo.
Este año los hechos de violencia se han destacado y es preciso tratar de entender qué
nos dicen.
Tratemos de ver un poco la situación: en ejercicio de la soberanía adolescente, nuestros
hijos no nos quieren en el colegio. Porque atenta contra su autosuficiencia imaginaria,
contra su imagen de "crecidos". Y nosotros, so capa de no imponernos
autoritariamente aceptamos desaparecer.
Pero ¿para quién es la educación? Aparentemente, para los que la reciben, nuestros
hijos, pero los clientes del aparato educativo somos los padres, los que elegimos
determinada formación para nuestros hijos, que se encuadren dentro de cierto proyecto.
Sin embargo, la dinámica institucional se desarrolla sin nosotros y no porque prevea
nuestra participación.
A grandes rasgos, por designio del poder económico se va hacia una educación más pobre
con la excusa de la actualización y adaptación al aparato productivo. Y por impotencia
de los políticos para fundar un proyecto nacional, los colegios secundarios se están
convirtiendo en "jardines de adolescentes" para sacarlos de la calle, ya que el
trabajo no es alternativa, porque no lo hay.
Por experiencia sabemos que esta nueva generación es difícil. Patalea
y fuerte. Y
el pataleo promete ser cava vez más estrepitoso, cosa que nos desconcierta porque, de
alguna manera, en nuestro tiempo fundamos este modo de vivir la adolescencia: asumimos
colectivamente pautas de ruptura con nuestros mayores, nos alzamos contra los límites
impuestos, con nuestros más y nuestros menos. Y luego adultos; no quisimos ser
autoritarios, tratamos de que nuestros hijos no sufran, que pudieran gozar de padres
comprensivos. Y parece que no resulta.
Mejor que nosotros, los chicos perciben en la sociedad una falta de límites que los
abruma, porque los modelos de éxito que dominan la vidriera social no respetan los
límites.
Descartada por autoritaria, la figura del padre ha desaparecido del contexto social,
arrastrado por las dificultades de la familia divorciada, la desocupación, etc. Desde
otro punto de vista, quizás de algún modo, nos hemos dejado vencer por el desajuste de
nuestras propias expectativas y nos echamos a cuesta un fracaso que no nos corresponde.
Ser padre no es sinónimo de éxito sino de permanencia en el esfuerzo, de firmeza,
comprensión y ternura. Nuestro éxito será, en todo caso, un mundo que no veremos, si
supimos ser ladrillos para su construcción.
La educación es el último bastión de la cultura que nos crió y nuestra generación fue
la última, quizás, en recibir intactos sus principios. Por eso somos necesarios, para
reformularla, buscando nuestro lugar en los tiempos que vienen. Este mundo necesita
padres, como nuestros hijos. Nuestro lugar actual no es fácil: los chicos no son los
hijos que fuimos y no podemos ser los padres que tuvimos. Por éstos sabemos de las
ventajas de cierto orden; por nosotros, de las de cierta libertad: quedamos como bisagra
entre los tiempos que fueron y los que vendrán. Son tiempos de fundación. Defendamos
nuestros sueños y reivindiquemos el derecho a soñar que nuestros hijos tienen. Como
humanos que son.
El colegio es el lugar donde concluyen el proyecto social y el familiar.
Les proponemos hacer de ese lugar un punto de encuentro para replantearnos nuestra
paternidad, nuestro rol familiar y el social.
Comunidad Educativa Colegio Nacional N° 4 Nicolás Avellaneda